inDriver cómo una oscura app nacida en Siberia

inDriver: cómo una oscura app nacida en Siberia

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inDriver: cómo una oscura app nacida en Siberia ha terminado conquistando el mundo de los viajes en coche

La región de Sakha, o Yakutia, una enorme república integrada en Rusia y bañada por el Océano Ártico, tiene muchas cosas buenas. Sus paisajes, increíbles. Su cultura e historia, muy ricas. Pero desde luego no es un lugar apto para gente a la que no le guste el frío ni conducir.

En su capital, Yakutsk, han llegado a ver cómo el termómetro bajaba a -64ºC. En cuanto al transporte… Desde el colapso de la URSS, en los 90, moverse por el territorio no resulta fácil y no es extraño que a quien quiera llegar a muchos de los municipios de la república no le queda otra que recurrir a taxis o, directamente, a los vehículos particulares. Y eso, con un frío de mil demonios y en una región con un tamaño seis veces mayor que el de España, no es una tarea sencilla.

Ni barata.

Hacia 2012 Aleksandr Pavlov, un joven estudiante de electrónica en la Universidad Federal del Noroeste de Yakutsk, estaba hasta las narices de ese escenario. Él es de Mayagas, a tres horas en coche de la capital, y moverse entre ambas ciudades era un incordio. Tampoco estaba muy contento con la cómoda posición de poder que habían alcanzado las compañías locales de taxi.

¿Qué hizo? Pues algo bastante eficaz y sencillo. Como relata a Rest of World, echó mano de VKontakte, la popular red social rusa, y creó un grupo de conductores interesados en cubrir aquellos viajes a precios razonables. Su idea no tenía demasiada ciencia: quería unir a chóferes y pasajeros. Pero funcionó. Y muy bien, además. En cuestión de meses la lista sumaba 50.000 nombres e incluía ya teléfonos, rutas, precios e incluso comentarios. Tanto éxito tenía y tanto prometía que atrajo el interés de un empresario local, Arsen Tomsky. Se había puesto la semilla de inDriver.

De Siberia a las carreteras de Sudamérica

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Quizás no resulte tan conocido en España como Uber o Cabify, pero inDriver es a día de hoy —según datos de Data.ai— una de las apps de transporte privado más descargadas del mundo. Suma 120 millones y está disponible en 625 ciudades repartidas a lo largo y ancho de 42 países. Puedes encontrarlo desde Brasil a Indonesia, pasando por Nigeria, Nicaragua, Tailandia, México o Egipto. A finales de 2018 protagonizó un intento por aterrizar también en Nueva York.

Y su expansión no se limita al mapa.

El crecimiento ha sido tan desmesurado que ha terminado fijando su sede en una de las Mecas de la innovación, Mountain View, y en 2021 logró el estatus de “empresa unicornio” tras cerrar una ronda de inversión de 150 millones de dólares. En 2021 su valoración se calculaba en 1.230 millones.

La pregunta del millón es, ¿cómo se levanta semejante servicio partiendo de una rudimentaria lista para moverse por una región remota de Siberia? Básicamente, conservando la misma filosofía que le permitió arrancar en Yakutia. Quizás sus páramos helados y las calurosas carreteras de Nigeria o Egipto sean muy distintas, pero inDriver ha demostrado que, en lo que ha movilidad se refiere, en cierto modo lo que funciona en una puede funcionar también perfectamente en las otras.

Una de las grandes características del servicio, muy relacionada con la cultura de Yakutia, es el regateo. Para muchos servicios la app sugiere una tarifa, pero luego son los propios conductores y viajeros lo que la negocian y acuerdan. La compañía calcula que gracias a su mecanismo, los viajes salen un 20% más económicos que con otros servicios. De hecho asegura que, al margen de las negociaciones entre los usuarios, el mínimo que establece por ruta “siempre es significativamente más bajo” que el que pueden pagar los usuarios de otras aplicaciones similares.

Otra de sus peculiaridades es que permite pagos en efectivo. Es más, el metálico parece la opción más habitual. En su web la compañía aclara que si quieres transferencias debes indicarlo antes y que no se aceptan pagos con tarjeta de crédito. La herramienta se adapta además a viajes largos.

Con esas peculiaridades, inDriver se diferencia de otras apps, como Uber, aunque también comparte algunas características con ella. Los usuarios pueden calificar a los servicios y en función de ese y otros indicadores —el número de rutas completadas o las quejas, por ejemplo— la compañía fija un sistema de prioridades para sus concuctores. En cuanto a las comisiones que se lleva, Rest of World apunta que el promedio a nivel global ronda el 9,5%, lo que lo que situaría por debajo de otras plataformas más populares y reforzaría su atractivo para los propios chóferes.

Lo que va de perlas en unos mercados, eso sí, puede representar una rémora en otros.

Si el éxito de inDriver enraíza en gran medida en la cultura del regateo de Yakutia, esa misma peculiaridad le ha complicado abrirse camino en otros mercados. El aterrizaje sería difícil por ejemplo en ciertos países asiáticos en los que las negociaciones de precios no son la norma habitual y su desembarco en Nueva York, ciudad en la que los usuarios están acostumbrados a tarifas cerradas, tampoco ha sido sencillo. InDriver cambió allí su estrategia, apostando por los servicios de mayor distancia y tanteando —sin demasiado éxito— la opción del pago con tarjetas de crédito.

Ni esas dificultades ni el gran impacto de la Guerra de Ucrania —aunque la compañía tiene su sede en California, su origen está en territorio ruso— parecen frenar sin embargo sus planes de expansión. Su atención está puesta ahora en abrirse nuevos camino y probar suerte en el marcado australiano. La plataforma también presta servicios de reparto de comida a domicilio o paquetes.

No está mal para un compañía con menos de una década.

Y nacida en una de las ciudades más frías y remotas del planeta.